En eterna sucesión

Los días, en eterna sucesión, como aspas que giran y regiran infinitamente, me despiertan con la luz difusa de las húmedas mañanas de otoño vestidas de blanca niebla; la misma que al pasar va dejando sus finas gotas atrapadas en todos los hilos, hojas, ramas y mallas; va también ornando con cuentas de transparentes cristales las invisibles telarañas, que muy escondidas tejen las acechantes y tenaces arañas. 

Así ha ido transcurriendo este quieto día bajo nubes viajeras, que recortan el azul del firmamento e impiden, por momentos,  el paso de los brillantes rayos.

Las horas avanzan un tanto lentas, pero no se detienen, y la tarde parece más breve cuando una brisa suave y tibia sirve de invisible tobogán a las rojizas hojas de los cerezos, que tan sólo desean para siempre, a sus pies, descansar.

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